En Córdoba y sin padrinos
"Rajá" de Fernando
Pastora Galván, Ciclo Flamenco Viene del Sur. Teatro Central - Sevilla.
Pastora Galván y Antonio Fernández
Pastora Galván/Dos de cante Sólida madurez de Pastora Galván
Pastora caracolea
"Los veranos del Corral" Arranque de la muestra con buen pie
Futuro Flamenco
Haz el amor y la guerra
La Petite Francesa
La necesidad de crear un futuro
La bailaora Pastora Galván llena el Teatro Al Gumhuriya de El cairo
Pastora Galván. Sala La Compañía
Pastora Galván. Pastora
Una oda al baile por bulerías

(autor: José Luis Navarro   fuente: La Flamenca. Mayo 2007)
Futuro Flamenco

Hay en la trayectoria de algunos artistas elegidos un momento mágico en el que pasan de ser esperanzadoras promesas a convertirse en espléndidas realidades. Antes, en los territorios del baile, solía ser una o una serie de inspiradas actuaciones. Hoy, y cada vez más, ese momento suele ser el resultado del éxito obtenido por un espectáculo. Ese fue el caso de Israel Galván con ¡Mira! y ese ha sido el de Pastora Galván con La Francesa.

Pastora Galván (Sevilla, 16 de enero de 1980) nace en una familia para la que el baile es vocación artística y medio de vida. Su padre, José Galván, tiene una academia y su madre, Eugenia de los Reyes, es la que le enseña las primeras letras –“aprendí de mi padre, pero también de mi madre”, suele ella decir–. Pastora recibiría también la influencia de su hermano Israel, siete años mayor que ella, y por el que ella siempre ha sentido una muy particular admiración –en palabras textuales suyas “Israel es un genio”–. Luego, con diez años, para completar su formación dancística, se matricula en el Conservatorio de Música de Sevilla, en donde logra el diploma de Danza Española en 1998.

Y empieza a bailar. Unas veces en solitario –en los tablaos El Cordobés de Barcelona y Los Gallos de Sevilla (1996)–, y muy pronto formando parte de espectáculos que han marcado hitos en la historia reciente del baile flamenco –La Tirana (1998) de María Pagés, ¡Mira! (1998), Metamorfosis (2000) y Galvánicas (2002) de su hermano Israel–. En 2001, logra su primer triunfo personal: el Premio Matilde Coral al baile por tangos en el XVI Concurso Nacional de Arte Flamenco de Córdoba. Y sigue bailando –el Festival de Montellano, el Teatro Central de Sevilla, el Teatro Alhambra de Granada, el tablao Las Carboneras de Madrid, la VIII Muestra Andaluza de Baile Flamenco de Granada, y continuas giras por el extranjero (Finlandia, Francia, Japón, USA, Cuba, Méjico, Grecia, Holanda). Unas giras en las que a menudo aprovecha para impartir cursillos de baile (Universidad de Stanford, II Seminario Flamenco de La Habana, Méjico, Grecia).

A partir de 2004, se embarca en proyectos cada vez más arriesgados y asombra a todos con indiscutibles muestras de talento. Con Israel pone la nota clásica en Dos hermanos y bajo la dirección de José Luis Ortiz Nuevo llena de sensualidad el escenario del Teatro de las Maestranza, interpretando la habanera de Carmen de Bizet en Sevilla, concierto flamenco a su memoria. Desde entonces, su nombre forma parte de las carteleras de algunas de las citas mundiales más prestigiosas en el mundo del flamenco –Festival de Monterrey, Mont-de-Marsan, Festival Flamenco in the Sun de Miami (USA) y Festival de Jerez--.

Por fin, el 16 de septiembre de 2006, en el Teatro Central, en el marco de la Bienal, nos deja a todos boquiabiertos con La Francesa, su consagración definitiva. Todo un derroche de vitalidad, fantasía, imaginación, versatilidad, ironía y gracia. En ella, Pastora interpreta y encarna a cinco mujeres de rompe y rasga, cinco visiones de la mujer andaluza creados a imagen y semejanza de los mitos que se inventó la literatura romántica francesa, cinco hembras apasionadas y fanfarronas que se ríen de su sombra.

Primero, la Militona que soñó Teófilo Gautier. La Galván aparece vestida con falda blanca, camiseta roja y chaqueta azul brillante y se entrega al rito antiguo de la soleá. Suenan Los cuatro muleros Cun guiño subliminal a ¡Mira!C y luego, a los sones del acordeón, Pastora hace un flamenco a lo francés. Pero cuando escucha Ojos verdes de Rafael de León, se vuelve sevillana de pura cepa. Hace del zorongo un baile israeliano con cuerpo de mujer; pone formas al fandango, da libre cauce a la sensualidad para, de nuevo por soleá, regresar a la tradición.

Después, da vida a la Carmen de Merimée. Una Carmen muy francesa y muy deportiva. Para ello, viste mallas y una camiseta azul con el 10 a la espalda, calcetines y zapatos de punta. Una Carmen verbenera, saltarina, marchosa, guasona y descarada que convierte los developés de la danza en puntapiés futboleros y que se mueve con toda desenvoltura a los sones de la habanera de Bizet, la marsellesa o La paloma de Sebastián de Yradier.

Y de las mallas a la bata de cola roja, para encarnar a una Rosario sugerente, sensual, dominadora, sorprendente. Una Rosario que, dirigida por la magistral batuta de Pedro Sierra Cla banda sonora confeccionada por él obtuvo con todo merecimiento el Giraldillo a la mejor músicaC, mantiene un diálogo íntimo e intenso con Ravel y su Bolero y con el Je ne regrette rien de Edith Piaf. Una Rosario polifacética, capaz de doblar su cuerpo en unos dificilísimos cambrés y de llenar el escenario de flamencura por alegrías.

En su tercera interpretación, Pastora se acuerda de la Conchita de Pierre Louÿs. Una Conchita rumbera, en vaqueros, camiseta blanca y pauelo rojo anudado al cuello Csiempre los colores de la enseña galaC que se pone unos bigotes a lo Cyrano de Bergerac y en un alarde histriónico juega a ser espadachín. Luego, se quita los bigotes y se pone seria cuando le cantan una taranta a palo seco, aunque momentos después “la falsa Pepa” vuelva a las andadas.

Cierra el espectáculo una Lola machadiana. Una Dolores que lo mismo baila los versos de Yo poeta decadente que se torna guasona e israeliana y provoca al público levantándose la falda a lo Viridiana. Una Dolores modernista que nos sorprende con apuntes de charleston y que termina tirada en el suelo y envuelta con la bandera tricolor.

La Francesa abunda en momentos verdaderamente memorables. Fue solo un detalle anecdótico, pero es seguro que a muchos le habrá quedado prendido en la retina ese cabezazo a lo Zidane que le propina a uno de sus cantaores. Sin embargo, para mí, el momento más logrado y cautivador fue ese paso a tres con Ravel y Piaf. Una sorprendente fusión musical y una interpretación a tono con la belleza de las partituras.

Y para terminar, un consejo: si tenéis oportunidad, no os la perdáis. En Madrid ha estado en el I Festival Andalucía Flamenca; en marzo se presentará en el Festival de Jerez, en abril en la Gala de Clausura del Festival de Cine de Isla Cristina, en junio en Montpellier y en julio en el Festival de Música y Danza de Granada.

 
 

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