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La necesidad de crear un futuro
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Pastora Galván. Sala La Compañía
Pastora Galván. Pastora
Una oda al baile por bulerías

(autor: Manuel Martín Martín   fuente: El Mundo 02/02/2008)
La necesidad de crear un futuro

Más que una mujer fatal, Pastora Galván, ha constatado que es una mujer valiente, con ánimo de romper con todo. Su arma no es tanto la sexualidad como el atrevimiento. Y se presenta insinuante, desafiante, casi segura de lo que su intención provoca, y con el ánimo puesto en dar un giro a su existencia actual, con lo que no hace sino reinventarse esquivando el pasado que le persigue.
Está claro que La Francesa, que pasó por mi ánimo con más pena que gloria el día del estreno, está después de año y medio en su sazón, y no porque provoque o se haya repuesto con una arriesgada economía de medios que encumbra a Pedro Sierra, sino porque, además de ser una llamada a explorar nuevas rutas y a replantear nuestras rutinas, reflexiona tangencialmente sobre modelos dancísticos agotados.
Se trata, pues, de innovar, cierto, pero desde dentro, como la farruca de Pedro Sierra, preludio para que Pastora Galván evoque, con los colores de la enseña francesa, a Militona, de la Maja y el torero, de Théophile Gautier, a la que fija con el disfraz de la soleá a ritmo, romance, Los cuatro muleros, Ojos verdes, el zorongo, fandangos y soleá.
Un guiño a la escritora rusa Lou Andreas-Salomé, a la que sitúa en Ronda, se antepone a Carmen, de Prosper Mérimée, a la que retrata entre la habanera de Bizet y la del vasco Sebastián de Yradier, La paloma, confirmando con el cabezazo de Zidane y la Marsellesa, el himno nacional francés, que lo de verdad nos limita son nuestras creencias acerca de lo que somos.
El recuerdo a Marguerite Duras, cineasta francesa pero nacida en Saigón, invita a cambiar la forma con la que miramos al mundo del baile, como Pastora hizo encarnando el papel de Rosario por alegrías, a las que no les fueron imperceptibles el Bolero, de Ravel, o la genial evocación al Non, je ne regrette rien, de Edith Piaf, sin duda el momento cumbre.
La siguiente secuencia alude a la escritora Simona de Beauvoir, una de las mujeres francesas más comprometidas de mediados del siglo XX, en contraste con la Conchita que Pierre Louys describió en La mujer y el pelele, donde Galván entrelaza la rumba (con bigotes), con la taranta, los pasos de esgrima y La falsa Pepa.
Pero el reinventarse no sólo supone superar la crisis cantaora, sino que requiere liderazgo y determinación, de ahí el gesto a la francoindochina Alice Becker-Ho, y por supuesto, romper con los paradigmas, como la de la Lola, de Antonio y Manuel Machado, de quien bailó Yo, poeta decadente, para cerrar envuelta en la enseña tricolor.
Pastora Galván había dejado, obviamente, la marca indeleble de la casa, la de su hermano Israel. Pero cuidado, también ha avisado de que más que gestionar el cambio, lo que hay que hacer es evitar las funestas consecuencias del anquilosamiento, de ahí que no usara sus encantos como la Carmen de Bizet, que logró con su belleza exponer la vulnerabilidad del sexo fuerte. Tampoco empleó la danza lasciva como Salomé, sino que utilizó el lenguaje corporal para evidenciar que la mejor manera de llegar al futuro con éxito es crearlo.

 
 

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